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Ani Choying: Un canto de libertad contra la violencia de género en Nepal

Convertida en celebridad mundial por su voz excepcional, esta peculiar cantante está decidida a cambiar el destino de las mujeres nepalesas y, a ser posible, del mundo entero: “las mujeres debemos seguir protegiendo al mundo como siempre lo hemos hecho; si tomamos consciencia de ese poder, es lo que acabará por transformar positivamente a nuestras sociedades, que son tan masculinas”, dice esta mujer que logró escapar de la violencia doméstica y del matrimonio forzado convirtiéndose en monja budista. Hoy su potente voz se escucha más allá de los escenarios. Es portavoz de la Unicef, activista y benefactora de diversas causas sociales, madre adoptiva y además, fundadora del primer convento que educa a las mujeres en un liderazgo que pueda transformar con suavidad, el arraigado machismo de su país natal

En 2004 salió a la luz su cuarto álbum “Moments of bliss” o Momentos de Felicidad. Un éxito de ventas que le valió a la cantante Ani Choying Drolma, ser elegida como mejor intérprete femenina del año, y que su sencillo Phoolko Aankhama, ganara el premio a la mejor canción de la temporada en Nepal, su país de nacimiento. “Que mi corazón sea siempre puro, que mis palabras sean siempre sabias, que mis pies no maten nunca un insecto (…) para los ojos magníficos, el mundo aparece siempre magnífico”, dice un fragmento de esa canción que en realidad, es un mantra, es decir, una oración musicalizada, fruto de una producción conjunta que hicieran el poeta Durga Lal Shrestha y el compositor Nhyoo Bajracharya junto con la propia cantante, todos de origen nepalí.

Sin embargo, para ella, el mejor homenaje que puede hacerse a su música está entre la gente que escucha, tararea y canta sus canciones o que simplemente, aún a veces sin comprender su idioma, se deja transportar por la poderosa energía de su mensaje.

“Cuando canto, yo no soy budista ni hindú ni cristiana. Ensalzo al ser humano en general. Con mi trabajo quiero conservar una dimensión espiritual, quiero promover mensajes positivos, valorizar la naturaleza humana, llevar un mensaje de esperanza, mostrar que el ser humano es capaz de mejorar”, afirma la cantante en uno de los pasajes de su libro “La canción de la Libertad” (o “Ma voix pour la liberté” –Mi voz por la libertad–) publicado en 2009.


Drolma Tsekyid es su verdadero nombre, pero la rebautizaron como Karma Choying Drolma. Eso fue cuando se hizo monja. Cuando Ani (o Pomo, como solía llamarla su padre), tenía apenas 10 años de edad y decidió, literalmente, ser libre encerrándose a sí misma en un convento budista, y tomando los hábitos  cuando era apenas una niña.

Hoy, tres décadas después de aquella decisión, el mundo la conoce simplemente como Ani Choying, la mujer nepalí cuya voz privilegiada, ha revitalizado la espiritualidad del budismo tibetano, y no solo a través de sus mantras reconvertidos en canciones comerciales que le han dado la vuelta al mundo, sino también y sobre todo, por una vida de libertad, entregada de lleno a liberar a otras mujeres de la cultura Himalaya.

Una voz positiva que emerge de la rabia femenina 

“Con la velocidad de un rayo mi  padre me golpea (…) un líquido caliente se desliza por mi cráneo y me hundo en una semiinconsciencia mullida (…) la sangre se desliza por mi frente, por mis ojos, y me la limpio mientras una mucosidad mana de mi nariz (…) no soy culpable pero de todos modos me lo reprocho (…) no me atrevo a mirarlo (…) es mi padre y tiene derecho a pegarme (…) tiene todo el poder sobre mí (…) vivo transida de miedo (…) nunca me ha roto un miembro. Tengo la espalda cubierta de morados y estoy siempre derrengada, pero nunca me había hecho sangrar (…) hasta ese día en que poco faltó para que me aplastara el cráneo (…) jamás olvidaré esa escena, pues aún hoy conservo esa cicatriz de varios centímetros de largo (aunque) casi nunca evoco esa parte de mi infancia”
Precisamente de estas golpizas constantes, y sobre todo: de la posibilidad de ser entregada en matrimonio siendo aún una niña y en contra de su voluntad, -tal como es costumbre todavía en Nepal- a un marido mucho mayor, y que acabaría golpeándola por pura costumbre de machismo popular, es que la joven Ani, siguiendo el consejo de su madre, se convierte así en una pequeña monja budista.

“Yo misma soy fruto de un matrimonio forzado. Siendo muy joven, mi madre me dio a luz en casa, el décimo día del cuarto mes del calendario lunar, en el año de la rata (en 1971)… eso es lo que siempre me dijo, pero creo que nunca lo supo con seguridad… el ciclo de la vida y la muerte es demasiado complejo como para fijarse en una fecha (…) ella tuvo ocho embarazos y solo cuatro sobrevivimos (…) desconozco el día en que nací, pero cuando me preguntan, siempre digo que fue el 4 de junio del 71, y nadie insiste en el tema. Nací en un barrio llamado Bodnath, un pedacito del Tíbet exiliado en Nepal, y por mis venas corre la sangre tibetana de mis padres, aunque yo me considero tibeto-nepalí, y me siento orgullosa de haber nacido en esta tierra”, dice la hoy célebre cantante.

Ani Choying Drolma nació en el mismo país en el que los historiadores sitúan el nacimiento del Buda.  A esta tierra se le conoce como ‘el espejo del cielo’. Una preciosa joya natural, engarzada en la cordillera del Himalaya. Aquí se alzan, impasibles, siete de las montañas más altas del mundo, y de sus profundos desfiladeros y sus más de doscientos lagos glaciares, emerge un eco insolente que grita la naturaleza en su estado más puro. Sí. Nepal es conocido por su belleza y su espiritualidad. Por sus sabores y sus olores milenarios. Pero también es tristemente conocido por su pobreza y sus tremendas desigualdades sociales y sobre todo: por sus desigualdades de género.

De acuerdo a los datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) más del 23% de las mujeres nepalíes son entregadas en matrimonio entre los 15 y los 19 años, a veces incluso sin mediar ceremonia alguna, para evitar esa ley –demasiado laxa- que estipula en 21 años la edad mínima para casarse. En algunas zonas del país, sobre todo en regiones agrícolas, niñas de entre 11 y 14 años pierden de golpe su infancia y se esfuma para ellas toda oportunidad de educación cuando sus familiares, a cambio de prebendas económicas, les encuentran maridos y las entregan en matrimonio; casi siempre en contra de su voluntad y casi siempre a hombres mucho mayores que ellas, abandonándolas con demasiada frecuencia, a un ambiente cotidiano de discriminación y maltrato.

La pobreza extrema y la falta de educación es un factor determinante para estas prácticas, pues en Nepal  la mitad de la población adulta es analfabeta, mientras que casi 77% de sus 30 millones de habitantes, vive con menos de 2 dólares diarios (unas 200 rupias nepalíes).

Y si la cultura milenaria y profundamente religiosa de este colorido país asiático, lo sitúan, ciertamente, como uno de los destinos más espirituales del mundo, eso no logra, sin embargo, salvaguardar a sus mujeres y niñas de un machismo también hondamente arraigado. En 2011 la Encuesta Nacional de salud y demografía, indicaba que 17% de las adolescentes entre 15 y 19 años estaban embarazadas o ya habían sido madres, y que 81 de cada mil bebés nepalíes, eran hijos de jóvenes o de niñas no mayores de 15 años

De este ‘infierno tradicional y ancestral’, que parece marcar el destino de quienes nacen siendo mujer en Nepal, fue de lo que Ani Choying huyó, buscando refugio en el monasterio de Nagi Gompa, lugar en donde encontró a su maestro, el Rimpoche (literalmente: el precioso) Urgyen Turkun. Un hombre sabio que supo domar al tigre de la rabia que contenía el carácter de la pequeña Ani, para transformarla, poco a poco, en un precioso animal libre; un animal de cuyo pecho, al ser liberado del cautiverio de la violencia doméstica, emergió una potente voz que cautivó a los propios y los extraños que la conocieron durante la época de su noviciado budista.

Pero la actualmente célebre ‘monja-cantante’, decidió muy pronto que a su espíritu no le bastaba con haber encontrado su propia voz…  decidió que quería escuchar una canción de dignidad cantada por todas las mujeres de su país, y, a ser posible, acompañada a coro por otras mujeres del mundo:
“(…) me di cuenta de que un buen día la rabia desaparece. En lugar de maldecir la oscuridad ¿Por qué no intentar mejor encender una vela? (…) la libertad siempre ha sido una noción inseparable de mi ser. El único principio al que obedezco y que me guía, es el de seguir los dictados de mi corazón. No sigo ni he seguido nunca otra directriz”, afirma Ani Choying

Una escuela de monjas para liberar sin violencia el espíritu de la femineidad nepalí

Nepal es un lugar asociado -y con razón- a la serenidad. Aquí, en este enclave montañoso, donde dicen que nació y se iluminó Siddartha Gautama, el Buda, la belleza natural compite armónicamente con la belleza cultural, y es un sitio que miles de personas en el mundo –especialmente los budistas- consideran un lugar sagrado, mientras que otros tantos miles, lo identifican como el refugio espiritual idóneo para acallar el ruido mundanal y escuchar la voz del alma.

La altitud geográfica de Nepal puede variar desde los 60 metros hasta los 8,000 metros sobre el nivel del mar, y es actualmente, en pleno siglo XXI, el único lugar del planeta donde todavía se adora a la Kumari o ‘la diosa viviente’, una antigua costumbre donde pequeñas ‘niñas vírgenes’ son ‘seleccionadas’ cada 8 o 10 años para encarnar a la divinidad y para  vivir sirviendo, enclaustradas en templos milenarios hasta su primera menstruación, siempre y cuando logren cumplir con más de 30 signos inequívocos de perfección física.

Pero estas bellas disparidades naturales de altura y estas ancestrales costumbres que ensalzan deidades femeninas vivas, también encuentran su correspondencia negativa en cuestiones sociales, pues Nepal es uno de los países donde más se acentúan las desigualdades de género. A pesar de que el budismo y el hinduismo, -dos de las religiones más practicadas en esta nación multiétnica y multicultural-, consideran al hombre y a la mujer como seres complementarios, lo cierto es que el machismo y la discriminación campan a sus anchas en medio de una sociedad donde la mujer debe considerar al hombre como una suerte de semi-dios, alguien que puede hacer y deshacer con ellas como mejor le parezca.

La violencia doméstica, los matrimonios forzados y en algunas regiones la bigamia, la violencia psicológica y económica, así como las violaciones sexuales dentro y fuera del matrimonio, y los secuestros de jóvenes y niñas para reclutamiento forzado en prostíbulos dentro y fuera del país, o la negación de las familias a escolarizar a las mujeres para dedicarlas al trabajo desde muy pequeñas, son algunas de las más frecuentes actitudes que soportan las nepalíes de la actualidad.

“Yo conozco ese sentimiento de desear con todas tus fuerzas que simplemente, milagrosamente, algún ángel venga a rescatarte, o a entregarte todo lo que sueñas (…) gracias a mi pasado, estoy por instinto conectada al dolor de los demás (…) cuando viene a mi escuela una niña que ha sido maltratada por su familia o por extraños, sé que estoy directamente conectada con ella y con su historia sin tener siquiera la necesidad de hablar”, dice en entrevista la monja y cantante.

En 1998, Ani Choying Drolma creó la Fundación para el Bienestar de las Monjas de Nepal (Nuns Welfare Foundation of Nepal) una organización sin fines de lucro que le serviría de puente para ver el nacimiento, en el año 2000, de su escuela de monjas budistas, la “Arya Tara School”, una especie de refugio, convento e institución educativa a donde podían acudir aquellas mujeres, jóvenes y niñas que buscan tener un destino distinto al que miles parecen estar condenadas por el mero hecho de ‘nacer mujer’. Es un sitio para encontrar paz espiritual y educación formal, cuyo programa combina estudios tradicionales budistas con formación moderna: lo primero es bastante común en Nepal, pero no lo segundo… al menos, no para las niñas y las mujeres.

La misma Ani explica el origen y los objetivos de esta peculiar institución: “En el budismo, Tara es una deidad, una especie de Buda-Mujer que encarna, precisamente, toda la fuerza de la energía femenina. Su nombre significa ‘Liberación’, pero también significa ‘la que hace pasar’ (…) se supone que ella elimina todos los obstáculos que nos impiden alcanzar la serenidad y Arya significa ‘la gloriosa’. A mí me gusta este nombre porque aquí hacemos mucho énfasis en el rol positivo que tiene la mujer en todas las sociedades (…) Mi escuela está sobre todo centrada en la cultura Himalaya y las jóvenes provienen de las zonas más pobres y alejadas de Nepal, India y Tibet (…) lo que buscamos con la educación que aquí damos, es que al menos algunas de ellas se conviertan algún día en líderes, y puedan ayudar a reforzar cambios positivos de actitud hacia las mujeres en sus propias comunidades”.

La Arya Tara School, que en sus inicios sólo pudo recibir a siete aspirantes en un local temporal, fue creciendo de manera exponencial, y hoy en día da cobijo y educación a unas 100 monjas budistas. El nuevo edificio, inaugurado en 2005 en Pharphing, (a unos 18 kilómetros de Katmandú, la capital del país) es un impresionante y ejemplar monasterio femenil que incluye salones de clase, salas de meditación, dormitorios, biblioteca, laboratorio computacional, así como cocina, un área de comedor y cuartos de baño para las chicas que ahí habitan, así como un área donde residen, meditan o descansan, los profesores de base y los asociados.

Pero no sólo sus equipadísimas instalaciones que miran de frente al bello valle de Katmandú resultan una excepción a la regla en todo Nepal y el universo budista. Lo que sucede en el interior de la Arya Tara School es una rara joya en este país ‘espejo del cielo’, pues prácticamente en ningún otro monasterio budista que acepta mujeres, sus monjas son tan estratégica y profundamente formadas. Aquí las mujeres cuyas edades de ingreso varían entre los 8 y los 23 años, se convertirán en monjas versadas en filosofía budista, lengua tibetana, inglés, matemáticas, ciencia tradicional nepalí y ciencia formal, computación, estudios sociales (que incluyen medio ambiente, población y salud) además de varias materias adicionales relacionadas con el arte.

A la fecha, varias de ellas ya han logrado enrolarse en Universidades de India y han vuelto a su monasterio-hogar nepalí para convertirse en tutoras de otras jóvenes; y ésta es la visión de Ani Choying hecha realidad: mujeres empoderadas en el mundo espiritual y material que se dediquen a empoderar a otras. Mujeres inspiradas que provocan inspiración en otras mujeres: es el efecto multiplicante y multiplicador de una energía femenina que, una a una, despierta a su dignidad dormida individual para así despertar, paulatina pero certeramente, la dignidad de todo un género hasta hoy relegado y humillado.

Reza el mantra budista dedicado a la divinidad Femenina: “OM TARE – TU TARE- TURE- SOHA” (Ella es Tara: la madre sabiduría; la liberadora, la rápida, la valerosa). Dicen que su invocación purifica y protege del único peligro que acecha al ser humano: su propia mente. Y esto es lo que ha querido, y en buena medida ha logrado Ani Choying con la Arya Tara School: liberar la mente femenina de las mujeres nepalíes para incidir en un cambio social positivo en su país natal.

“La escuela se abrió con mucho trabajo y mucha esperanza, la esperanza de hacer que la vida sea mejor. La esperanza de dar una nueva oportunidad a aquellas cuyo destino parecía estar ya determinado”, afirma Ani en entrevista exclusiva para Corresponsal de Paz.

La voz como un arma de una guerrera por la paz

En el año 2000, poco después de abrir la Tara Arya School,  Ani Choying fue invitada por la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) para participar en una conferencia por los derechos de la mujer, y fue quizá en este momento en que la monja cantante comprendió a cabalidad, eso que predica hasta el día de hoy: que la rabia y el enojo que suelen caracterizar a las reivindicaciones mundiales por la igualdad de género, no hacen sino aumentar el clima de violencia.

“Me parece que muchas mujeres están enojadas con las injusticias sociales que han sufrido, que hemos sufrido, que sufrimos todavía (…) y lo entiendo, pero eso convierte frecuentemente a las mujeres en aquello que critican: se vuelven agresivas, intolerantes y hasta violentas (…) yo ahora me doy cuenta de que en lugar de golpear contra lo que nos hace daño, resulta más constructivo afianzar nuestra propio poder (…) tenemos que luchar, de eso no me cabe duda, pero con nuestras propias armas, sin flaquear, y sin odio (…) porque la verdadera fortaleza femenina está en su propia naturaleza de ser compasiva, empática y hasta emocional (…) las mujeres debemos seguir protegiendo al mundo como siempre lo hemos hecho; si tomamos consciencia de ese poder, eso es lo que acabará por transformar positivamente a nuestras sociedades, que son tan masculinas”

En su libro de memorias, Ani admite que ‘dos hombres fueron trascendentales’ en su vida: su padre, porque le pegaba y su maestro, porque la amaba; sin la ira de uno y la compasión del otro, dice, ella no sería la imparable mujer que es ahora.

En 2001, un tercer hombre, también fundamental para la vida de esta monja, y de todos los budistas tibetanos, vendría, literalmente, a bendecir su labor de educar a las jóvenes himalayas. En marzo de ese año, su Santidad el XIV Dalai Lama la recibió en audiencia privada, la felicitó por su trabajo y fue él quien pidió fotografiarse con ella. Le pidió además que enseñara a las chicas de su convento ‘a hacer algo más que simplemente rezar’:

“Debes enseñarlas a leer, a escribir y a hablar inglés”, fue el consejo del hombre que lidera el destino espiritual del Tíbet, y que también se ordenó como monje budista, siendo apenas un niño.

La Arya Tara School, Ani ya hace eso y mucho más con las jóvenes que acuden a su convento, pero la energía de esta monja que le canta a la compasión y a la libertad, no se limita solamente a los escenarios. La potencia de su voz parece no conocer los límites, puesto que cuando no está cantando para recaudar fondos, está hablando por todos aquellos que ella considera que ‘necesitan ser escuchados.

A través de su fundación a veces, y ella personalmente en otras ocasiones, Ani se ha dedicado a apoyar una cantidad interminable de causas sociales: un proyecto de danza para niños y jóvenes que pueda alejarlos del mundo del alcoholismo y las drogas; un albergue para niños y niñas cuyos padres están en prisión por diversas causas; un refugio para animales en situación de calle que los vacuna, los esteriliza y les da cobijo; un proyecto para llevar agua potable a comunidades sumidas en la pobreza, y otro para utilizar energías renovables; una escuela para que niños varones nepalíes de bajos recursos tengan acceso a educación de calidad; un programa para prevenir y evitar el acoso escolar, la primera banda femenina de música nepalí,  una peculiar agencia de viajes operada por las monjas de su monasterio, y el primer hospital especializado en pacientes con insuficiencia renal, que fue la enfermedad que mató a su madre…

De una vela encendida en las montañas de Nepal, surge el poderoso eco de la compasión

“Todos son proyectos que conectan con mi corazón, por eso los apoyamos ya sea con dinero o ayudándolos a buscar sus propios donantes”, afirma esta monja que siembra esperanzas ahí por donde ella pasa y no descansa hasta que florecen.  Tan solo mantener su singular escuela-monasterio, cuesta alrededor de 100 mil dólares anuales, y más del 75% de esos fondos provienen de las actividades de Ani Choying como cantante internacional, o de la venta de sus discos, o de los ‘souvenirs made in Nepal’ que ella lleva a sus conciertos por el mundo.

Esta monja nepalí viaja siempre cargada, de ida con lo que venderá y de vuelta a casa con lo que regalará: “Demasiado bien sé lo que es ser niña y no tener ni una muñeca (…) la miseria humana es un tonel sin fondo y hay que llenarlo constantemente con amor y compasión, para impedir que los más frágiles se ahoguen (por eso) cada vez que puedo me pongo al servicio de los que quienes más lo necesitan (…) pero estoy convencida de que en primer lugar, uno da para sí mismo, porque la alegría de complacer es inmensa y el beneficio es doble: para quien recibe y para quien ofrece”

Para Ani Choying Drolma, la pequeña Pomo convertida en monja, que además de cantar de forma extraordinaria, que sabe bailar salsa como profesional, que es amante de las películas de Bollywood y que ha conocido la maternidad, rompiendo todavía más cánones de la sociedad machista que la vio nacer al adoptar a dos niños que ahora son adolescentes, la fórmula de la vida es simple:

“Hay que hacer algo, aunque sea pequeño, eso siempre es mejor que no hacer nada (…) las cosas en la vida avanzan de este modo: un día uno piensa enfrentarse a una montaña, y de pronto te encuentras en la cima (…) Soy optimista, aunque sé que los cambios verdaderos no suceden de la noche a la mañana, toman tiempo y energía (…) yo lo que hago es encender unas cuantas velas, a la espera de que cada una de ellas encienda otras tantas luces”

Lo que dice la monja cantante es en realidad una antigua enseñanza del Buda, el hombre que hace siglos se iluminó en esta tierra en donde las cumbres más altas del planeta cohabitan con la vida espiritual y con insondables abismos sociales: “Si enciendes una luz para iluminar a otros, terminarás también por iluminar tu propio camino”, dijo alguna vez Siddhartha Gautama, fundador del budismo, una de las 5 religiones más practicadas en el mundo, con alrededor de 500 millones de seguidores en la actualidad, y cuyos creyentes jamás han impulsado ninguna cruzada contra otras credos.

“La práctica del budismo nos enseña a servirnos de aquel que nos provoca para luchar contra la propia negatividad, por eso creo que si yo he podido emprender este camino, cualquier alma puede hacerlo (…) Yo soy una guerrera. Y mis armas se llaman amor y compasión. Mi voz es solo la herramienta con la que llevo a cabo mi lucha”, afirma Ani Choying Drolma, la monja que canta, que baila, que viaja, que gusta del cine y que es madre soltera, la que ha fundado una escuela de luces para iluminar a las mujeres, y la que apoya todas las causas imposibles. La mujer que aprendió de la rabia y la transformó en acción positiva. La misma que Naciones Unidas ha nombrado, y con razón, embajadora y portavoz de la niñez de su natal Nepal, un país cuya cultura machista le negó su infancia pero le regaló, dice ella: “una oportunidad para crecer y para ayudar”.

Mujeres y niñas de Nepal: flores que crecen entre las espinas 

“En los ojos de una flor, el mundo entero se asemeja a una flor; pero a los ojos de una espina, el mundo todo se convierte en una dura espina”. Esto es lo dice una antigua canción nepalí todavía muy popular en la actualidad. Y hacer que de las espinas puedan algún día brotar flores, parece ser la misión de una nueva generación de mujeres nepalesas que, usando todas las tácticas pacíficas a su alcance, están intentando cambiar las leyes y la cultura de un país cuyas hondas raíces espirituales, no lo salvan de sufrir enormes disparidades de género.


La joven Charimaya Tamang recibió en 2011 el premio del gobierno estadounidense al “Acto Heroico contra la Esclavitud moderna” por haber fundado la organización contra la trata de mujeres “Shakti Samuha” al lado de Sunita Danuwar y de otras 14 sobrevivientes nepalíes de prostitución forzada. Todas ellas, siendo apenas unas niñas, fueron secuestradas y luego esclavizadas para trabajar en burdeles extranjeros, pero la gran mayoría de ellas fueron vendidas y entregadas por sus propios vecinos, a veces incluso por sus familiares.

La desaparición forzada y la trata de mujeres es una de las dolorosas espinas que atraviesan el corazón de Nepal: estudios poco actualizados y con un enorme margen de cifras negras por razones obvias, estiman que cada año, alrededor de 12 y 14 mil niñas y adolescentes, mujeres en la flor de la vida, son raptadas para ser prostituidas;  y que las que tienen la muy poco común suerte de ser rescatadas y devueltas a Nepal, son condenadas al ostracismo por sus comunidades, barrios y familias

De este feroz regreso del país de la crueldad hacia el país de la nada, se dio cuenta Anuradha Koirala, una ex maestra de escuela que decidió fundar Maiti Nepal, una institución que rescata, recibe y rehabilita a sobrevivientes del horror de la trata y la prostitución forzada, y que intenta que estas jóvenes nepalesas vuelvan, poco a poco, a florecer y rehacer sus vidas.

La abogada Benumaya Gurung, coordinadora de los programas de la Alianza Contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en Nepal, también ha sido una de las principales figuras de esta nueva generación de mujeres activistas que intentan transformar el destino de quienes parecen nacer marcadas por el hecho de ser mujeres y nepalíes; lo mismo que Sapana Pradhan Malla, quien ha luchado hasta formar parte de la Asamblea Constituyente, un órgano oficial del gobierno que es casi tan joven e inexperto como la propia fragilidad de las niñas y adolescentes maltratadas, que ella busca ayudar desde la parte legislativa.

Juntas y por separado, ellas parecen estar aprendiendo a extraer la mejor parte de la espiritualidad que caracteriza a los nepaleses, y, utilizando la no violencia como arma en una nación que las violenta reiteradamente, estas mujeres podrían estar en el presente dando la pauta social para que, en un futuro, -ojalá cercano- la canción típica de las flores y las espinas cobre un nuevo sentido con visión de género.

Ascender por el arduo camino de la igualdad de género

La mayor parte de las montañas nombradas ‘ochomiles’ (más de 8 mil metros por encima del nivel del mar) se encuentran precisamente en la cordillera del Himalaya, con Nepal como uno de los países más bellamente escarpados de todo el planeta. Cumbres casi inaccesibles y que sin embargo, han sido conquistadas por alpinistas cuyos principales atributos han sido la constancia y sobre todo: la paciencia, el no rendirse a pesar de la dureza de un terreno cuya cima, promete ofrecernos la perspectiva más sublime de la tierra. Pero en Nepal, hay picos sociales que se antojan más elevados e imposibles que el propio trayecto hacia el magnífico Everest. La igualdad de género es sin lugar a dudas una de ellas.

Shyam Sundari Kewat sabe de esta hazaña. Y en su campo, podría considerarse una de las pocas escaladoras afortunadas: a ella la obligaron a casarse siendo una niña. A los 12 años fue enviada a casa de su marido elegido, y a los 16 años ya estaba dando a luz a su primer hijo, y entre sus recuerdos de aquella época, figuran las hemorragias que sufrió durante los tres meses que le siguieron al parto, sin que ello menguara sus responsabilidades como esposa, ama de casa y nueva madre.

Su destino infantil no es la excepción, pues de acuerdo al Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en todo el mundo más de 700 millones de mujeres han sido obligadas a casarse antes de cumplir la mayoría de edad. Sucede en todo el mundo, pero principalmente en Asia Meridional y en la África Subsahariana, donde un fenómeno que debería ser ilegal, funciona en cambio como una norma social aceptada y practicada.

Y así, una práctica torcida trunca destinos y vidas. Al estar casadas, estas niñas abandonan con demasiada frecuencia toda aspiración a continuar sus estudios, y corren el riesgo de quedar embarazadas cuando sus cuerpos no están preparados para ello, por lo que, según este mismo informe de la Unicef (liberado en 2014) las muertes por maternidad prematura asciende, cada año, a la terrible cifra de unas 70,000 niñas y adolescentes de entre 15 y 19 años.

Por eso Shyam Sundari Kewat es una de las pocas mujeres que en Nepal parecen haber alcanzado la cima, escalando el sino de su propia existencia en una país donde dos de las terceras partes de las niñas y adolescentes no tienen más perspectiva que la del trabajo doméstico, casi siempre aderezado con la discriminación social y el maltrato familiar en varios niveles: físico, emocional y sobre todo, económico.
“Yo tuve mucha suerte, porque tuve un marido que me cuidó y me apoyó. Gracias a eso, pude volver a la escuela cuando tenía 20 años”, dice Shyam Sundari, quien no solo terminó la escuela secundaria, sino que se ha convertido en una ferviente activista de la educación femenina. Ahora esta joven dirige un programa de radio que habla sobre el matrimonio infantil desde la voz de alguien que conoce la experiencia, y hace además representaciones teatrales callejeras para concientizar a los padres sobre la necesidad de que ninguna niña abandone la escuela.

“Las buenas personas brillan como las montañas nevadas”, dijo hace siglos Buda, El Iluminado, nacido en este imponente país del Himalaya. Y así como los excepcionales alpinistas que alcanzan las cumbres más difíciles de escalar se vuelven una referencia, así la pequeña-grande Shyam Sundari se ha vuelto un modelo a seguir para otras niñas y jóvenes nepalesas: “Me siento feliz, y con muchas esperanzas cuando una niña me dice que le sirvo de inspiración”, afirma esta joven estudiante, madre y activista.

Niños y niñas de la guerra educándose para la paz

Espiritual, colorido y pacífico. Así describe a este enclave la mayoría de los turistas que visita Nepal. Sin embargo, ni la escarpada cordillera Himalaya que habita su geografía, pudo proteger a este país asiático de experimentar una cruenta guerra civil que duró de 1996 a (un reciente) 2006. Y aunque éste fue un conflicto prácticamente invisible para los grandes medios y la política mundial, lo cierto es que Nepal vio morir, en apenas diez años, a miles de sus ya de por sí empobrecidos ciudadanos en tanto duraba el enfrentamiento entre el gobierno y fuerzas rebeldes de corte maoísta, que buscaban hacerse con el poder.

Aquí en Nepal, donde se erigen imponentes dos de las llamadas ‘Pagodas de la Paz’, construidas para estrechar los lazos entre los hombres de todos los credos, alrededor de un millón de niños fueron desterrados de sus vidas infantiles; miles de ellos fueron reclutados por las milicias y obligados a luchar contra sus connacionales, convirtiéndolos en pequeños soldados improvisados.

Y como ocurre tristemente en la mayoría de las guerras actuales, las niñas y las mujeres fueron el colectivo más desprotegido y más atacado por ambas bandos. Diversos informes de Naciones Unidas, la institución que atestiguó en su momento el alto al fuego y el posterior armisticio, así como de otros organismos internacionales, afirman que por lo menos 40% de las guerrillas insurgentes estaban conformadas por mujeres, mientras que las niñas eran raptadas y explotadas sexualmente.

Tan solo el Partido Comunista de las Fuerzas de Nepal contaba entre sus filas a entre 6 mil y 9 mil niños y niñas que servían a los combatientes, cuya desmovilización tardó 5 largos años en consumarse totalmente, aunque esta generación todavía no llega a conocer los beneficios de la paz.

Y a pesar de todo, y aunque la mayoría de los nepalíes sigue siendo hoy analfabeta, este país está ahora empeñado en reabrir algunas de sus aulas escolares con una pedagogía distinta: actualmente, alrededor de 10 mil niños y niñas están siendo formados en la llamada ‘Educación para la Paz’, un programa piloto implementado en 2010 por la Unesco y otras organizaciones internacionales dedicadas a la infancia como Save the Children y Global Humanitaria, que comenzaron esta enseñanza en 45 escuelas, repartidas por 13 distritos de Nepal


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