CP: A finales de 1975, Indonesia, bajo el mando del general Suharto invade Timor Oriental. En aquel momento usted era un joven de 27 años a punto de ser ordenado sacerdote, ¿cómo vivió este proceso?
X.B.: En julio de 1974, después del golpe de estado en Lisboa, la Revolución de los Claveles, había regresado a Timor para trabajar como maestro de la escuela salesiana de Fatumaca. Por aquel entonces había unos cursos para los profesores, que llamaban de mentalización o algo así… para cambiar las ideas por otras más modernas y revolucionarias, a los que me enviaron los salesianos.
Llegué a Dili [capital de la isla] un domingo por la tarde y el lunes por la maña
na del 11 de agosto de 1975 se produjo el golpe de estado contra FRETILIN [el Frente Revolucionario de Timor Leste Independiente]. Hubo tiroteos y ya no pude regresar. Me quedé en Dili y diez días después tuve que marcharme con otros refugiados a Timor Occidental. Ya no podía volver a Fatumaca así que continué el viaje hasta Indonesia, de ahí a Hong Kong y a Macao, donde me quedé un año, y en 1976 regresé a Portugal para seguir estudiando. Por eso, realmente no asistí a la entrada de Indonesia en Timor, solamente lo vi a través de los periódicos y la radio.
CP: Sin embargo, poco tiempo después de ser ordenado sacerdote tiene la oportunidad de vivir de cerca el sufrimiento de su pueblo cuando, en 1983, el Papa Juan Pablo II le nombra administrador apostólico de Dili en sustitución de Martinho da Costa, ¿cómo era la vida de los timorenses por aquel entonces?
X.B.: Aquello no era vida. No había libertad de movimiento, la gente tenía que andar pidiendo permiso a los militares, no podía desplazarse más de 3 ó 4 kilómetros… Y a los timorenses les gusta ser libres, ir de caza o a pescar, trabajar en sus huertas, en las plantaciones de café… Además, encarcelaban a muchos jóvenes. Yo intentaba visitarlos ya que a muchos los torturaban, y otros desaparecían…
CP: Precisamente ahí se dio cuenta de que era necesario hacer algo más…
X.B.: Sí, ahí empezó a surgir esa conciencia. Había que hacer algo para defender la libertad del pueblo, la libertad de expresión, la libertad de movimiento, de reunión… Ninguno podía hablar. De noche, cuando la gente se reunía en sus casas para rezar el rosario, iba hasta allí el personal de inteligencia para escuchar, para ver qué hacían, por qué se reunían, si estaban contactando con las milicias del bosque… Era un pueblo muy controlado por las fuerzas policiales indonesas.
CP: Y se puso manos a la obra…
X.B.: Era mi deber. Como todo cristiano y todo sacerdote nuestro deber es predicar la paz. La paz es necesaria para la convivencia entre los hombres, así que trabajamos por ella.
Pero la tarea no fue sencilla. El obispo de Dili se convirtió en una persona non grata para el régimen indonesio. Su presencia y la denuncia sistemática de las masacres e innumerables violaciones a los derechos humanos de la población civil cometidas por parte del ejército de Suharto –pero también de las milicias proindependentistas- lo colocaron en el punto de mira, especialmente después enviar, en febrero de 1989, una valiente carta dirigida al secretario general de Naciones Unidas en la que pedía la celebración de un referéndum de autodeterminación.
No obtuvo respuesta y las amenazas pasaron a ser una constante en su vida cotidiana. Controlaban su correo, las cartas que llegaban desde el exterior, intervinieron su teléfono, grababan sus homilías, e incluso intentaron asesinarlo en varias ocasiones… Sin embargo, el sacerdote nunca se dio por vencido en su búsqueda de una solución pacífica al conflicto.
X.B.: La paz es siempre posible –afirma con convicción- pero también es un proceso complejo porque hay estructuras… los propios timorenses no siem
pre han sabido vivir en paz. Es verdad que a veces uno se puede desanimar pero tenemos que seguir trabajando, lanzando ideas, especialmente para las personas más jóvenes. Es importante educar para una cultura de paz porque ésta reconvierte las mentes y los corazones abriéndolos al diálogo.
CP: Su labor fue reconocida en 1996 con uno de los máximos galardones, el Premio Nobel de la Paz, ¿cómo recibió la noticia y qué implicaciones tuvo?
X.B.: Esa tarde estaba en un pabellón salesiano celebrando la misa. Eran las seis cuando la radio de Portugal dijo que le habían dado el Nobel de la Paz a dos timorenses, a José Ramos-Horta y a mí.
Entonces vino un sacerdote y me pasó un trozo de papel donde había escrito: “Usted ha ganado el Premio Nobel de la Paz”. Yo lo cogí, me lo metí en el bolsillo y continué la misa. Después de la comunión, en el momento de silencio, me dijo el vicario general: “Monseñor, tenemos que avisar a la asamblea de que usted es el Premio Nobel”, pero yo le pedí que por favor, no dijéramos nada. Y cuando acabó la eucaristía me fui a casa para atender las llamadas de teléfono que llegaban de todas partes del mundo.
Los jóvenes se enteraron pronto y empezaron a gritar “¡Viva Belo, viva Xanana, viva Timor Leste independiente!” Pero aquello era peligroso, en el 96 no era todavía momento de gritar “viva Timor Leste independiente”. Precisamente para evitar todo eso no hice un gran esfuerzo en que se supiera.
CdP: Pero no negará que fue también una inyección de energía…
X.B.: Sí… pero teníamos que controlar las reacciones, sobre todo pensando en la juventud, para que no hubiera acciones violentas contra los militares y policías de Indonesia.