CP: ¿Y fue tranquila la cosa?
X.B.:
Fue… bueno, no tanto después del premio. Cuando regresé a Timor después de la ceremonia, siempre que iba a visitar las parroquias había grupos de jóvenes que levantaban la mano y gritaban “Viva el Premio Nobel, viva Belo”. Y cuando volvía a casa por la noche, los militares iban a buscar a esos jóvenes para torturarlos.

CP: De alguna manera, con la concesión del Nobel el conflicto de Timor Oriental se hizo más visible en la escena internacional y aumentaron las presiones para encontrarle una salida negociada. En las consultas populares de agosto de 1999 el pueblo de Timor escoge masivamente la independencia, que se materializa finalmente en mayo de 2002, pero en 2006 vuelve a estallar la violencia y todavía hoy se calcula que son unas 100,000 las personas desplazadas internamente. ¿Qué es lo que ha fallado?
X.B.:
Es muy complicado. Conseguimos la independencia pero no teníamos nada. Cuando Indonesia sale de la isla en 1999 en Timor no había infraestructuras, no había escuelas, ni mercados, calles, industria, los jóvenes no tenían trabajo, nada…
El gobierno ha intentado reconstruir el país pero no han correspondido totalmente a las exigencias y esperanzas del pueblo. Por eso vuelve a estallar la crisis. Es imprescindible dialogar con el pueblo para saber qué desea y poder atender problemas como la falta de justicia, la pobreza y las profundas desigualdades.
CdP: Cuando vuelve la vista atrás y recoge el fruto de su experiencia, ¿con qué ojos mira el mundo de hoy?, ¿cree que podemos vivir realmente en paz?
X.B:
Hoy en día la globalización presenta aspectos positivos y negativos. Es necesario recordar que tanto los pueblos y países grandes como los pequeños son iguales ante la Carta de las Naciones Unidas, todos deben ser respetados y ayudados.
La paz no es sólo la ausencia de guerra. En el mundo de hoy el nuevo nombre de la paz es el desarrollo integral de los pueblos, las culturas y las personas, pero para ello se necesita perseverancia, paciencia, cultivar la justicia, el reconocimiento del otro, el aprecio y el respeto por las diferencias y por la naturaleza.
Y en esa tarea sigue empeñado. Coherente y comprometido hasta el extremo, hoy acude allá donde lo llaman y comparte generosamente el aprendizaje de toda una vida.
“Una vez que me han dado el Nobel de la Paz es mi deber continuar haciendo algo, no puedo quedarme parado”, confiesa el sacerdote salesiano.
Tan necesaria como urgente, el Nobel timorense define la paz como ‘un ejercicio cotidiano’, y ofrece algunas pistas para practicar esta vía en la vida diaria:
“No teniendo rencores, no cultivando sentimientos de envidia, soberbia, de odio, de orgullo… practicando el diálogo y el respeto en el seno de las familias, comunidades, parroquias o escuelas”.
A diferencia del tumultuoso Timor Oriental, donde aún hoy se buscan salidas para la reconciliación, y para mantener “en paz” a la libertad e independencia ganadas, Ximenes Belo, vive hoy en el lugar que lo vio nacer como sacerdote: Portugal.
Allí comparte el día a día con otros sacerdotes salesianos mientras se recupera de la inevitable “fatiga mental y física” acumulada en las últimas décadas.
X.B.:
Un día cualquiera en mi vida transcurre en el colegio salesiano de Mogofores, en una comunidad de ocho salesianos ya mayores. Nos levantamos temprano, rezamos nuestras oraciones, después asistimos a la misa, desayunamos y de 9 a 12 trabajo en mi despacho. Estoy escribiendo un posible libro que cuenta la historia de la Iglesia en Timor, desde 1556 hasta 2006, 450 años. Trabajo tres horas en la mañana, tres en la tarde y después doy unas vueltas por allí… pero sin llegar a correr… soy muy perezoso…