Si juegan las luminarias… quizá algo sucederá sobre la tierra
La estrella indiscutible de la Peace Cup 2009 no podía ser otro que el Real Madrid, que ha recibido duras críticas por su inversión en fichajes, los más caros de la historia del fútbol, y pagados en plena crisis financiera: para conformar su alineación de ensueño, el “equipo galáctico” ha gastado este año más de 200 millones de euros en la compra de jugadores como el portugués Cristiano Ronaldo y el brasileño Kaká.
Políticos, ex jugadores, clubes rivales y hasta el Vaticano, se mostraron escandalizados por una cifra que eleva a lugares desconocidos del cielo, los precios de este deporte cuyos salarios y ganancias directas e indirectas, ya alcanzan cifras de escándalo.
La prensa internacional suele hacerse eco de estas “historias de éxito”, pero en el fútbol, como en todo, por cada historia luminosa en el horizonte, se tejen tras bambalinas cientos de anécdotas oscuras que buscan si no el triunfo, al menos la dignidad deportiva y sobre todo, -sobre todo- humana…
Y éstas son precisamente las metas a donde Peace Dreams, a través de la Copa de la Paz, busca meter algunos certeros goles, que despierten la ilusión y las oportunidades entre los jugadores –actuales y futuros- de las naciones menos afortunadas; historias que con frecuencia ocurren en los países de origen de los astros futbolísticos actuales.
Ejemplos sobran, aunque para la mayoría son desconocidos. Porque ¿Alguien se pregunta lo que sucede con el fútbol en países que enfrentan un conflicto?
La selección Iraquí, hoy en ruinas tras 6 años de guerra, estuvo a punto de llevarse una medalla olímpica en Atenas 2004, apenas un año después de la invasión a su país por las fuerzas de la coalición en 2003. Un triunfo heroico y agridulce, que está en el olvido.
Adnan Hamd (Bagdad, 1960) actual seleccionador de Jordania, era el técnico de Irak en aquel momento de amarga gloria, y hoy habla de las condiciones que vive este país que finalmente abandonó:
“Irak siempre fue una potencia futbolística de primer orden en Asia, pero cuando llegó la guerra todo se vino abajo (…) la guerra no sólo ha destruido físicamente nuestro país, sino todo lo que en el había y se hacía. El fútbol, por lo tanto, también desapareció. Destruyeron nuestros estadios, nuestros equipos, todo. Nadie puede imaginar cómo vive un jugador de fútbol en mitad de una guerra. Estás rodeado por las fuerzas de ocupación, que te impiden realizar tu vida normal”
Y no es el único caso de esas historias del fútbol que buscan la luz a pesar de la oscuridad. A principios de 2009, por lo menos 3 jugadores de la selección palestina murieron bajo los embates de los bombardeos israelíes que mataron a más de 1,400 personas en apenas unos días.
Cosas del destino… apenas unos días antes, la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) había premiado a la Federación Palestina por su labor para mantener en alto los estándares futbolísticos a pesar de su cotidiano estado de alerta por el conflicto, y por contribuir a la construcción del primer estadio en Cisjordania en cumplir las reglas internacionales, y cuyas instalaciones fueron gravemente dañadas durante los ataques aéreos de Israel.
¿Y cuántos conocen la historia de Fabrice Noël, un jugador estrella, nacido en el convulsionado Haití, que tras sufrir un chantaje, salvarse de ser asesinado por un poderoso seguidor de su equipo rival, y sufrir la muerte de dos de sus hermanos en una sangrienta represalia tras su negativa, tuvo que huir a Estados Unidos, pedir asilo político y trabajar como inmigrante antes de ser redescubierto por un entrenador de ese país?
Seguramente pocos conocen estos casos donde nada separa a lo deportivo de la situación humana, y que sin embargo quedan sepultados bajo el alud publicitario de “las grandes luminarias futbolísticas”, esos pocos afortunados que no sólo han logrado escapar a la cotidianeidad, sino que se han alzado hasta casi parecer seres inmortales.
Espectáculo o no, el juego social debe continuar
Si imagináramos al mundo como una enorme cancha donde se enfrentan los equipos del Norte vs el Sur, cualquier árbitro justo daría una tarjeta roja a la situación global: inequidad económica, al menos 30 conflictos abiertos, crisis ecológica, financiera y alimentaria, (encimadas la una sobre la otra), discriminación, desigualdad de género y un largo etcétera… sin embargo, lo cierto es que no todo está plagado de “juegos sucios”, y la Peace Cup ha hecho énfasis en historias que merecen rescatarse, imitarse y sobre todo, apoyarse: ése es su fin último.
Ahí está el caso por ejemplo del equipo Guber Srebrenica, que dirige el entrenador bosnio musulmán Jusuf Malagic y cuya alineación (según la propia descripción de la Peace Cup) merecería ganarse un premio a la convivencia multiétnica, pues está conformado por jugadores serbios, musulmanes y croatas, una labor titánica a nivel deportivo y humano, si se tiene en cuenta que la ex Yugoslavia vivió uno de los peores enfrentamientos de la historia reciente, que se saldó con la muerte de 200, 000 víctimas en campañas de “limpieza étnica” entre los diversos grupos que habitaban el país, hoy dividido en fragmentos.

En Nueva Zelanda, Wynton Rufer, quien fuera designado uno de los 100 jugadores más grandes de la FIFA y tres veces elegido jugador del año en Oceanía, también forma a jóvenes promesas en su propia escuela Wynrs (Ganadores), y entre cuyos alumnos hay niños de bajos recursos, hijos de inmigrantes o refugiados políticos, a quienes el ex jugador apoya personalmente o les busca patrocinios para que no trunquen su carrera.
"Ahora mismo tenemos 450 chicos de entre 8 y 16 años, algunos de Somalia, Afganistán o Irak. Mi labor, además de entrenarlos, es buscar ayudas en nuestra comunidad para poder traer a los mejores talentos y llevarlos a competir al extranjero", dice Rufer.
Y si el mundo reconoce el indiscutible estilo “joga bonito” brasileño con los nombres de Pelé, Ronaldo, Ronaldinho y hoy, la última novedad Kaká, y lo convierten en la incubadora de los mayores genios del balompié, la verdad es que pocos saben que esta ‘cuna de las estrellas’ hace muchos años que ha descubierto la relación entre el fútbol y las condiciones sociales.
Hace ya una década que Brasil organiza el llamado “Campeonato de Comunidades Carentes de Rio de Janeiro”, conocido popularmente como ‘el torneo de favelas’, por cuyas competencias desfilan cada año niños de bajos recursos de entre 11 y 18 años.
El país carioca también comenzó hace 13 años con la implantación de escuelas de fútbol con espacio para hasta 300 alumnos en cada una, y esta iniciativa abarca ya a unos 600 municipios. En los años de su existencia, este programa ha visto pasar a 1.5 millones de niños, que han encontrado en el juego una alternativa a la vida y la violencia de las calles.