El camino de la paz… en femenino
Detta Regan tiene una contagiosa energía en su visión de paz. Por su labor con Follow the Women recibió en 2002 el “International Women of Europe Award”, y fue nominada para el Premio Nobel de la Paz en la iniciativa “1000 mujeres para el Nobel” en 2005; su organización, hoy consolidada, recibe apoyos como de la Reina Rania y la princesa Basma Bint Talal, de Jordania.

Es hija de un ex militar británico, veterano de la primera guerra del Golfo, y que –según cuenta- antes de morir le pidió a Detta que trabajara por la paz: “Mi padre estaba convencido de que sólo las mujeres podríamos lograr un cambio”.
Regan tiene hoy 57 años, casi la misma edad que tenía su compatriota, la inglesa Virginia Woolf (1882-1941) cuando publicó “Tres Guineas”, un ensayo de mil páginas sobre la masculinidad de la guerra, y que escribió como respuesta a una carta que la autora feminista recibió de un hombre que hacía una singular petición a la autora:
“¿Cuándo se ha dado el caso anteriormente, -respondió Woolf- de que un hombre culto pregunte a una mujer, cuál es la manera, en su opinión, de evitar la guerra?
Ciertamente, Follow the Woman no es hoy en día la única organización femenina que busca su propia ruta para poner fin a los conflictos, o para reivindicar a las víctimas de la guerra y la violencia.
Las Mujeres de Negro, en Israel y Palestina, las mujeres católicas y protestantes que conformaron la Coalición femenina de Irlanda del Norte, la Asociación de familiares de desaparecidos y la Ruta Pacífica de las mujeres en Colombia, las Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina, son apenas unos pocos ejemplos de iniciativas con visión de género, que están hoy en día haciendo su propio camino pacífico.
Pero a estas iniciativas las une no solamente un “alma de mujer” en sus intentos reconciliadores. Sino también y sobre todo, las une un preocupante factor común, pues prácticamente ninguno de estos movimientos ha tenido o tuvo en su momento, la oportunidad de formar parte de la diplomacia formal en la resolución de sus respectivos conflictos que “ellas”, las principales afectadas, quisieron resolver.
¿Cuándo los hombres preguntarán a una mujer su opinión para evitar las guerras?
Fue apenas a finales del año 2000 cuando el
Consejo de Seguridad aprobó la llamada “Resolución 1325”, en cuyo texto, las Naciones Unidas reconocen la importancia del creciente protagonismo femenino en la construcción de paz.
Pero no sólo eso, pues el documento acepta también una historia altamente conocida, que explica ese protagonismo: las mujeres y los niños son históricamente y hasta la fecha, los colectivos más afectados por la violencia, sea o no en situaciones de guerra o conflicto armado.
Para Marzo de 2009,
Médicos sin Fronteras liberó su informe “Vidas Destrozadas”, en el que cuenta que sólo en los lugares a donde esta organización tiene acceso, se atendieron en 2007 a casi 13 mil personas víctimas de violencia sexual, la mayoría de ellos mujeres y niños, que habían sido atacados por quienes se supone debían protegerlos: padres, parientes, vecinos, policías y soldados.
“Esta cifra se traduce en una media de 35 violaciones por día, solamente en los 127 proyectos activos de MSF, y cada víctima tiene una historia de horror (…) el daño no se puede reparar por completo, alguna consecuencia psicológica será para toda la vida”, explica el informe.
Y a pesar de que la violencia sexual ha sido utilizada históricamente como una potente, regular y eficaz “arma de guerra”, no fue sino hasta 1998 cuando el Tribunal Penal Internacional (TPI) estableció el Estatuto de Roma, y determinó que “la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo y/o la esterilización forzados, entre otras formas de violencia sexual, serían penados como crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio”.