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¿Una tragedia necesaria para el alma de México?

¿Una tragedia necesaria para el alma de México?

Imagen de Pedro Mera (www.pedromera.com)

“¿Es que acaso necesitamos otra tragedia como la del terremoto del 85 para unirnos ante la emergencia?” Esta pregunta dura y contundente, convertida hoy, por el peso de los acontecimientos, en una frase profética, se la escuché decir a una mujer hace 5 años, en junio de 2010, para ser exactos, cuando un grupo de ciudadanos, relacionados con el cambio social, fuimos invitados para reflexionar juntos, durante la visita que hacía a México Rajmohan Gandhi, nieto del Mahatma de la India, y actual presidente de la organización Change International dedicada a promover la paz en el mundo.

Aquella pregunta, lanzada a bocajarro a todos los que ahí estábamos presentes, me ha acompañado y me ha retumbado en la cabeza y el corazón durante estos años en que he intentado, una y otra vez, comprender a México desde diversos ángulos; y, evidentemente, aquella frase ha despertado por sí misma en este momento, cuando “la emergencia” ha vuelto a convocarnos a todos los mexicanos.

¿Qué probabilidades infinitas existían de que reviviéramos aquel terrible 19 de Septiembre, precisamente durante un igual y a la vez diferente 19 de Septiembre terrible? Hace años, esas posibilidades parecían vagas y muy lejanas… hace apenas unos días, con el sismo del 7 de Septiembre, similar en intensidad al de 1985, casi parecería que el alma de México se fue internamente preparando para una posibilidad que se nos antojaba, de todas formas, imposible…

Finalmente, la improbabilidad de revivir la experiencia que nos marcó hace 32 años se hizo presente, y apenas dos horas después de ese simulacro ritual, conmemorativo y casi rutinario, el centro de la tierra, como bien canta nuestro himno, retembló de nuevo con fuerza y, otra vez, como hace tres décadas, abrió en canal las venas de nuestra ciudad más emblemática, arrastrando consigo edificios, y dentro de los edificios vidas, y dentro de las vidas, incontables historias. Otra vez México abierto, herido, sangrando…

“¿Cómo estás? Por favor: ¡Dime que estás bien! (…) Estamos bien, asustados, pero bien; fue muy fuerte, ¡se sintió durísimo! (…) No localizo a mi hijo, a mi esposa, a mi tío, a mi madre (…) En mi colonia hay edificios caídos, la ciudad es un caos (…) Tuve suerte, de milagro estaba en tal lado… por fortuna no estaba en tal otro (…) Nos han desalojado, pero estamos vivos (…) ¡Estamos vivos!”

En ese primer instante, las redes y las comunicaciones convencionales estallaron en un breve, brevísimo momento de egoísmos familiares y personales, totalmente naturales y totalmente comprensibles: es la necesidad de certeza, de constatar los cariños cercanos a salvo del dolor y la tragedia; es la necesidad de asirse a una tranquilidad con sabor a prodigio por haber eludido a esa inmensa fuerza del destino y de la naturaleza…

El país salió a sanar al país; y lo ajeno dejó de sentirse lejano para convertirse en algo propio… la “emergencia nacional” transformada ahora en un “asunto personal”

Pero esa tranquilidad fue momentánea, y ese egoísmo se diluyó casi de inmediato para ir a fundirse con el estupor generalizado: el país entero se fue llenando de un silencio preparatorio, casi sagrado, casi iniciático… y por las venas abiertas de la ciudad de México y sus inmediaciones, empezó a escaparse, tímida y temerosamente al principio, y en tropel después, el alma de todo el país, que comenzó a poblar las calles para cerrar las heridas. Ya no solamente las propias, ya no solamente las cercanas: el país salió a sanar al país; y lo ajeno dejó de sentirse lejano para convertirse en algo propio… la “emergencia nacional” transformada ahora en un “asunto personal”.

Cadenas humanas para desandar el destino fatal de los derrumbes y salvar vidas e historias; familias reunidas preparando comida y reuniendo víveres, regalando su tiempo y llenándolo con deseos de salvamento; instituciones y empresas ofreciendo instalaciones, personal, logística, productos y fondos; grupos de amigos y de colegas poniendo el hombro y ofreciendo sus posesiones y destrezas para ir a prestar servicio a todos y a nadie, a quien pudiera necesitarlo, donde pudiera ser útil; desconocidos organizándose como si siempre lo hubieran hecho, como si hubieran nacido sabiendo que se conocerían, y que sus almas se encontrarían precisamente aquí, y en este momento.

Quienes estaban próximos a los lugares afectados, se volcaron para evitar que los escombros se tragaran las esperanzas y las vidas. Pies cansados, ojos enrojecidos, cuerpos adoloridos, emociones encontradas, manos abiertas… todo en servicio; y todos ellos, sostenidos a su vez por esos otros que decidieron “ayudar a los que ayudaban”. Luces atravesando el temor y la noche. Deseos y esfuerzos que iban y venían para repartir la ansiedad y compartir el miedo, y para ahuyentar así, aunque fuera un poco, la desolación. Gente venida de aquí y de allá, un hormiguero humano caminando una invisible espiral ascendente desde la oscuridad fría y profunda de los cimientos rotos, y concentrados todos en atrapar las primeras luces del amanecer acompañados y acompañando, sin que nadie se sintiera solo, y, sobre todo: concentrados en sacar a la luz del día esas vidas que esperaban sepultadas.

Esta “emergencia nacional convertida en asunto personal” nos acarició de golpe también a quienes estábamos lejos. Yo, que me cuento entre ellos, comprendo que nosotros sentimos la lejanía casi como una suerte de culpa extrañísima: el sabor agridulce del agradecimiento y el alivio propio, mezclado con la conciencia del dolor del otro; la sensación de estar recibiendo un inmerecido regalo del destino y de la vida por no haber estado ahí, por estar a salvo, mezclado a su vez con el deseo de hacer y ayudar en algo como si sí estuviéramos ahí… En resumen, la culpa siempre inconfesada e inconfesable de quien sobrevive no por heroísmo, sino por mera casualidad.

En todo caso, no, la distancia no impidió que nos invadiera la conciencia de ser parte de esta emergencia. Algo en la tierra, en esta tierra que reconocemos como nuestra, sufrió un acomodo, y este movimiento interno suyo, nos sacudió a todos en las entrañas… puede que haya temblado en lugares geológicos puntuales, pero el movimiento terrestre ha cimbrado de una nueva manera al corazón del país; aún a ese país que no habita en esta tierra, y casi diría que ha cimbrado también la conciencia de quienes no comparten ni territorio ni pertenencia con México, pero que sí comparten la emoción del dolor que se niega a serlo, y se conmueven cuando nos ven así, hermanándonos, restaurando lo caído, resistiéndonos a derrumbarnos como los edificios. Literal y metafóricamente hablando: rescatando y sacando la vida de México desde las profundidades de la tragedia.

En las calles, en las casas, en los cafés, las cantinas y los parques, la gente está hablando, no para de hablar de lo que sucede “allá”, preguntándose qué será de esas vidas, qué harán, lo mal que lo estarán pasando, la mucha ayuda que ha llegado y sigue llegando… los teléfonos y los ordenadores están en ebullición con información, con reportes, con ofrecimientos, con espontaneidad organizativa, con ganas de ayudar, con lo que sea, como sea… con deseos de hacer algo; con ganas de sentir que se está haciendo algo, aunque sea un poco… con un recién descubierto impulso nacional de no rendirse a la indiferencia.

En el ambiente flota una sensación de milagro mezclada con desasosiego, con ansiedad… flota la tristeza en el aire, pero al mismo tiempo se respira una admiración y un agradecimiento por todo lo que todos estamos haciendo, por lo que estamos mostrando, por lo que está sucediendo de bueno frente a todo lo malo.

Por primera vez, en toda mi vida, me parece estar viendo y casi tocando “el alma de México”

Todos lo sentimos y todos estamos, por una vez, necesitando expresarlo, compartirlo, no guardarlo… casi afirmaría que la boca del estómago de la gran mayoría de los mexicanos, está trasladándose al lugar donde late el corazón que mueve la acción y conmueve la palabra… y de ahí algo emerge: algo muy puro y a la vez muy visceral: muy auténtico. Por primera vez, en toda mi vida, me parece estar viendo y casi tocando “el alma de México”. El espíritu de lo mexicano que sale de los vericuetos de un laberinto que lo tuvo entretenido, aprisionado por años… quizá, incluso, por siglos.

Entonces: ¿Era esta una tragedia necesaria? No puedo evitar regresar a esa pregunta que escuché hace ya más de cinco años de aquella mujer que la lanzó a bocajarro. ¿Necesitábamos que un destino improbable nos regalara la ocasión de una tragedia conmemorativa para recordarnos quiénes somos, de qué estamos hechos y de qué somos capaces cuando sentimos al otro, cuando corremos a actuar, cuando ofrecemos lo que está en nuestra mano dar, cuando no nos distraemos ni nos solazamos en buscar culpables?

Pasan los días, la tierra no cesa de moverse, pero la conciencia de México tampoco. Y me atrevo a decir que no es tanto la magnitud de lo ocurrido lo que nos tiene movilizados y movilizándonos así, de esta forma y tal como lo estamos haciendo. Después de todo, en el sismo de 1985 perdimos a más de 10 mil vidas… ¿Y cuántas más han quedado sepultadas ya bajo el alud de nuestros más recientes años de violencia civil, durante nuestro propio terremoto humano denominado ‘guerra contra el narco’? Sin exagerar, habremos perdido entre los escombros de la sinrazón criminal, a más de 100 mil hermanos.

Hasta hace unos días, parecía que nada ya nos dolía, que nada era capaz de sacudirnos… también pensábamos que nada o muy poco se había movido en nuestra estructura de país desde hace 32 años… y hoy, aun sabiendo que sí, que han sido las edificaciones más recientes, las construidas con corruptelas de 1985 para acá, las más frágiles y las que primero han sucumbido, los hechos de este nuevo sismo, que es más social que terrestre, nos muestran, claramente, que nosotros como sociedad sí tenemos cimientos más fuertes ahora que entonces.

Tenemos otra consciencia, otro sentir… algo que había estado aletargado, esperando, quizá, esa “llamada de emergencia”; y este segundo temblor repetido en la misma fecha, se antoja como una llamada del destino y de la naturaleza. Una señal de que, efectivamente “no estamos tan solos”, al menos no como pensábamos, resignados ante nuestro, aparentemente, violento sino.

Sí, quizá existen unos pocos dispuestos a la rapiña, la omisión y la violación, pero somos más, muchos más, quienes estamos dispuestos a tender la mano, ayudar y no mirar hacia otro lado

Hemos salido y estamos saliendo a las calles a demostrar algo que, muy en las profundidades, siempre hemos sabido y que ahora, justo a tiempo, emerge ante una verdadera emergencia: sí, quizá existen unos pocos dispuestos a la rapiña, la omisión y la violación, pero somos más, muchos más, quienes estamos dispuestos a tender la mano, ayudar y no mirar hacia otro lado.

Fue también en un negro septiembre de hace unos años, que México cayó en un estupor adolorido. En este “mes de la Patria” conmemoramos otro aniversario de una tragedia nacional que, sin embargo, no llegó a serlo del todo. Hace 3 años que escribí uno de mis textos más tristes, más encabronados, más desolados. Hace 3 años nos faltaban 43 estudiantes de Ayotzinapa, pero entonces podíamos, pudimos culpar al Estado y, de alguna cierta forma, lavarnos las manos. Ese texto mío, estuvo precedido por semanas enteras de silencio interno, sobrecogedor y enojado. Necesitaba acallarme, porque me hacía falta la cordura y la comprensión, que no llegaba a traducirse en palabras… algo que intentara explicarme y explicarse, y que tardó en exorcizarse.

En este Septiembre de 2017 no sabemos, todavía, cuántos de los nuestros nos van a hacer falta. No podremos saber, con exactitud, quiénes eran, quiénes fueron ni qué soñaban… no sabremos si delinquían, estudiaban, trabajaban o a qué se dedicaban. No distinguiremos si pertenecían al ejército, al crimen o al pueblo, pues sabremos que eso que los aplastó a ellos, nos aplasta a todos. Esta vez nos bastará con saber que eran vidas y que eran nuestras… Esta vez, y con estas pérdidas, ya no podemos girar la cabeza hacia arriba para culpar a nadie ni a nada, ni querremos lavarnos las manos; antes bien, al contrario, esta vez, solo hurgamos hacia abajo y nos miramos de frente; esta vez, por una vez, hemos querido por fin llenarnos de polvo, mezclarnos con el cascajo y con la estructura doblada de México… y quitar los escombros… y salvarnos.

Este texto que escribo hoy, lo escribo también precedido por el silencio, pero el de hoy no es un silencio que aterra, sino que conmueve; es un silencio que reverencia y agradece, y que no es solo mío, ni tuyo… es un silencio de todos, y es esperanzador, porque es mi gente y tu gente la que allá afuera levanta los puños y pide, clama, porque en las profundidades de México lata la vida y no muera la esperanza.

Esta vez, por una vez, hemos querido por fin llenarnos de polvo, mezclarnos con el cascajo y con la estructura doblada de México… y quitar los escombros… y salvarnos

No sé qué texto escribiremos juntos mañana. Sé, sabemos que se vienen días de menos euforia, de mucha tristeza continuada… de esa tristeza que comprende, gracias a una sacudida, el valor de la vida y la inminencia de la muerte… también comprenderemos verdades realistas sobre la futilidad efímera de las cosas materiales, pero que nos son a todos tan necesarias para la vida y la autoestima cotidiana… se avecinan otras etapas de esta “emergencia nacional”… espero que para entonces, este Septiembre, este “mes de la Patria” se haya ido dejando en nosotros una profunda huella que nos haga recordar, claramente, lo que aquí se derrumbó y lo que aquí se levantó, lo que aquí murió y lo que aquí cobró verdadera vida.

Solo entonces, en los días, los meses y los años por venir, podremos saber cuánto nos cimbró este sismo, cuántos puños silenciosos y solidarios somos capaces de levantar por la vida del otro, del hermano mexicano, y cuánta suciedad somos capaces de quitar para por fin encontrarnos con nuestra realidad nacional… solo entonces, en este tiempo que nos ha de venir, podremos saber si esta fue, para el alma de México, una difícil y a la vez hermosa, “Tragedia Necesaria” que nos saque, al fin de nuestro continuado “estado de emergencia”.

 

Un fragmento de este texto fue publicado en el diario El País


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